Septima Reflexión

Un día asistí a la práctica pero mi grupo no estuvo. Fui asignado otro primero pero en este caso me pidieron que acompañara a un muchacho que llamaré Luciano el cual “No se manejaba bien y se atrasaba”. La razón por la que se atrasa es que le gusta ponerse a hablar mucho en clase. Cuando hice ejercicios con el constantemente me interrumpía para hacerme preguntas. Noté que no lo hacía maliciosamente o con intención de no trabajar, lo hacía de plena curiosidad. Esto lo sé porque en cuanto le decía “Luciano vamos a trabaja primero” o le contestaba su pregunta comenzaba a trabajar rápida y efectivamente. Otra razón por la que se distrae es porque detrás de él hay un muchacho que lo odia por razones que desconozco. Se mantiene insultándolo, cogiéndole las cosas. Cuando Luciano le pide las cosas este muchacho busca la forma de agredirlo con ellas antes de devolverlas. Esto lo presencié más de una vez en clase. Una de estas ocasiones fue cuando Luciano sacó una calavera de juguete que mueve la quijada. Este muchacho se la cogió cuando estuvo desprevenido, antes de devolvérsela le forcejeo los dedos para, con la quijada de la calavera, mordérselos y lastimarlo. Algunas veces Luciano le respondía así que me encomendaron vigilarlo todo el día para evitar que esto sucediera.


En todo caso, la primera parte de esta experiencia me hizo preguntar ¿En verdad a un niño se le debe decir que guarde silencio cuando se sale del contenido de clase? Es cierto que esto interrumpe el curso de las acciones del profesor lo que descuadra el proceso de los estudiantes, hasta del mismo niño por que no aprende lo que “debería aprender”… pero callar tal curiosidad ciertamente implica perjudicar la curiosidad del niño lo que no es una solución muy convincente, en mi opinión.

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