Septima reflexión
Las clases
con Jacinto continúan normalmente. La profesora de este muchacho me comentó que
aunque había comenzado a ponerse al día y a portarse mejor, había vuelto a ponerse
irresponsable en los últimos días. Me pidió que trabajar bastante con él los
dictados.
Efectivamente
eso hice, hicimos un dictado acerca del rey Midas que no habíamos terminado
antes y le dicte cada palabra lentamente. Cada vez que terminaba un párrafo me
decía que no quería escribir más, que lo dejara ir. Yo le decía que no, que
teníamos que seguir hasta las tres. Seguimos escribiendo y en vista de su
descontento (Por que se le notaba la rabia, no quería hacer algo) por alguna razón
se me salió y le dije que nos teníamos que quedar hasta las tres por que esa
era la hora que la profesora dictamino. Imagino que lo entendió como “Eso
significa que estamos aquí es por la profesora, pero a él si lo puedo
convencer” por qué su reacción fue comenzar a quejarse y simular dolor. Supuse
que era una fachada pero logró convencer una parte de mí. Esta pequeña parte de
mí no sirvió para hacer que dejáramos de escribir igualmente. A las tres regresamos al salón, el llego
contento saltando como si no le doliese absolutamente nada. Le dije a la
profesora lo que hicimos y le comente que se quejó bastante. Ella lo llamo y le
dijo, él se quedó callado. Él sabía que la profesora sabía que lo de “Estoy
cansado” era una excusa para evitar hacer algo. A ella no le pudo mantener la
mentira. Se le advirtió que la próxima vez no sucedería.
Esta
experiencia me hizo preguntar ¿Hasta qué punto se le puede creer a un estudiante?
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